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21/3/2007
RESPUESTA
A UN ARTÍCULO DE LÓPEZ BURNIOL// JOSEP MARIA PUIG SALELLAS
Sobre la bilateralidad
- • Extender las relaciones
bilaterales con el Estado a todas las autonomías no implicaría
romper España
JOSEP MARIA Puig Salellas
Notario.
Mi amigo Juan-José López Burniol ha tenido la amabilidad de
responder el artículo que publiqué hace unos días en estas páginas,
precisamente como comentario de otro artículo suyo, en el que él
establecía que el Estatut del 2006 --más propiamente, su búsqueda de la
bilateralidad en las relaciones con el Estado-- no llegaría nunca a
desarrollarse íntegramente. Y es que, añadía, en caso contrario, se
abriría una dinámica que acabaría llevando al dilema Estado federal o
independencia. Tesis que yo no compartía. Pero López Burniol, que
es un hombre que piensa mucho sus tomas de posición y, por lo tanto, un
hombre consecuente, insiste en su tesis.
En mi respuesta, por las razones que expuse y que no repetiré ahora, yo
creía que era necesario descartar la tesis de la independencia, con lo
que, situados en el dilema que plantea mi interlocutor, no me queda otra
salida que el Estado federal.
Y ES
ENTONCEScuando yo me hago la gran pregunta: ¿Podemos pensar que los dos
grandes partidos de la política estatal, que nunca han estado a favor de
la fórmula y que, además, ahora parece que --arengas, banderas, himnos
los unos; una memoria histórica a medias, los otros-- han optado
decididamente por desenterrar --aunque envuelta en papel de aluminio--
el hacha de la guerra civil, pueden sentarse pausadamente en una mesa de
negociación para tejer algo tan complejo como es --y más en España-- un
marco de relación federal?
Por lo tanto, como mi escepticismo respecto a eso es total, me vuelvo a
encontrar en el punto de partida. O, dicho de otra manera, comprobada la
insuficiencia del marco de relación política abierto tras la transición,
sigo pensando que a Catalunya no le quedaba más que la búsqueda de un
marco nuevo y, como complemento necesario, la de algún tipo de relación
bilateral con el Estado. Que resulta que es lo que intenta hacer el
nuevo Estatut.
Pero, llegados a este punto, mi interlocutor da su razón para rechazar
la bilateralidad: "Si Catalunya consolidara una relación bilateral con
España, esta se extendería a otras comunidades, con el resultado de que
el Estado explotaría, ya que no resistiría una pluralidad de relaciones
bilaterales".
Yo no lo creo así. En perspectiva histórica, eso que todos denominamos
el Estado de las autonomías es el fruto final del largo diálogo,
ciertamente complicado y a menudo muy difícil de percibir, entre
Catalunya y España con un objetivo claro: encontrar para la primera el
encaje adecuado. Un diálogo que empieza a finales del siglo XIX, que es
cuando, de la mano de la Renaixença cultural y del progreso industrial,
aparece el catalanismo político.
Dejando de lado la Mancomunitat (1914-1923), que, en definitiva, solo
era un hecho administrativo, el primer intento político se hace durante
la Segunda República, con el Estatut de 1932. Y la cuestión se
replanteará en el tramo final del siglo XX, una vez muerto el general
Franco. Pero ahora con la entrada en escena --violencia incluida--
del País Vasco, que, en realidad, también había alcanzado la autonomía
en 1937, por tanto, con la guerra civil ya iniciada.
Y es entonces, una vez aprobados en 1979 los estatutos vasco y catalán,
cuando el nacionalismo español, alarmado, da el gran paso en falso: con
el fin de diluir el alcance político de las dos autonomías, opta por la
generalización del sistema, con lo que, tanto en Catalunya como en el
País Vasco --pero con unas dinámicas que no se pueden superponer--, se
acabará comprobando que la fórmula ya no sirve para resolver el problema.
Y, como la historia no se puede parar, al cabo de casi 30 años estamos
de nuevo en el punto de partida.
Es decir que, en el caso de Catalunya, de lo que se trata es simplemente
de replantear el diálogo, y, para salir de un marco general en el que no
acaba de encajar su realidad cultural y su empuje económico, se reclama:
a) Una autonomía más consolidada, que le permita resolver aquí sus
problemas, grandes y no tan grandes, sin tener que viajar a 600
kilómetros de distancia. Como, por citar un ejemplo de actualidad, la
ampliación a tres carriles de la autopista AP-7, entre Salou y la
conexión con la AP-2, una vez pasado el peaje de El Vendrell, por tanto,
en territorio estrictamente catalán, que resulta que, encallada en
Madrid, ha tardado más de un año.
b) Cuando eso no sea posible --como se ve que, por ejemplo también,
ahora mismo, es el caso de la gestión del aeropuerto de El Prat--, que
los pueda resolver en el marco de una relación especial. Que eso y solo
eso es la bilateralidad.
POR LO
TANTO,si el nacionalismo español se vuelve a equivocar y, tropezando por
segunda vez con la misma piedra, opta por una nueva generalización, su
nueva responsabilidad será, ahora, la de la relación bilateral. Dejando
de lado otra cuestión: ¿alguien cree que el alcance político del
ejercicio de las bilateralidades respectivas para La Rioja, Extremadura
o las dos Castillas --pongamos por caso y con todos los respetos--
tendrá algo que ver con el ejercicio de la suya por parte de Catalunya?
Por lo tanto, tengo la impresión de que, pese a la hipotética ampliación
de la bilateralidad, por el momento, de ruptura, nada de nada.
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