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De Carlomagno y otras cosas
JOSEP M. PUIG SALELLAS - La Vanguardia 11/02/2000
De entre las últimamente vistas en Barcelona, una de las
muestras más sugerentes ha sido, para mí, la que sobre
Carlomagno y su tiempo ha exhibido el Museu Nacional d'Art de
Catalunya. Especialmente porque en el recorrido de las salas y
en la lectura de los textos ilustrativos uno podía constatar la
gran carga política de aquel pacto entre el soberano y el Papa,
culminado en la Navidad del año 800 con la coronación romana de
Carlomagno. El marco debió de ser magnificente, pues se trataba
nada más y nada menos que del reencuentro con la idea de Roma
tres siglos y medio después de la caída del imperio. Pero, visto
el acontecimiento desde aquí, la constatación ha de ser otra:
faltaba sólo un año para que, en el 801, el nuevo emperador -que
ya dominaba Girona desde que sus ciudadanos se la habían librado
en el 785- ocupara Barcelona. Era el punto de partida de la
Marca Hispánica y, por tanto, el de la dependencia franca, sin
duda el primero de los conceptos históricos que determinan la
existencia de lo que después será Cataluña. Pese a que, para mí
-y explico seguidamente por qué-, la dominación efectiva no
llegara a durar ni cien años.
Yo no entiendo de historia, pero, al menos en perspectiva jurídica -que es de lo único que puedo hablar-, creo que la referencia es clara. La atribución del gobierno del territorio había sido siempre un acto de autoridad emanado del soberano franco de turno, y así fue en el 870 cuando, probablemente en la asamblea de Attigny, Guifré deviene conde de Urgell y de Cerdanya. O en el 878, cuando, en el concilio de Troyes, Luis el Tartamudo le nombra conde de Barcelona, de Girona y de Besalú, mientras que su hermano Miró obtiene el condado del Rosselló. El control del territorio ha pasado, pues, a manos de gente del país y ésta acabará contemplando su cometido político incluso con una mentalidad posesoria, casi de derecho privado. Por otra parte, esta gobernación autóctona tiene lugar cuando la dinastía carolingia entra en su fase menos brillante. Y cuando en el 897 muere Guifré, la viuda y los hijos, por sí y ante sí, sin auxilio de nadie, se reparten el territorio. Guifré II será conde de Barcelona, de Girona y de Osona; y Miró, Sunifred y Sunyer, respectivamente, condes de Cerdanya, de Urgell y de Besalú. El acto da toda la sensación de un ejercicio, por acuerdo entre partes, de la acción de división de herencia y, al final, todo destila un claro sentido patrimonialista, de forma que incluso la función política se distribuye, absorbida por él, con el hecho dominical. Puro derecho privado, o casi. -Pero, ¿y el milenario de Cataluña, que celebramos en el año 1989? Ya he dicho que yo no entiendo de historia, pero mi alergia a las fechas simbólicas, si no hay un Papa y un emperador de por medio, es bastante notable. Por otra parte, lo que ocurrió aquí, después que el 6 de julio del año 985 Almanzor asaltara, conquistara y saqueara Barcelona, no creo que lo sepa nadie. Es verdad que Borrell II, que había tenido la precaución de salir con tiempo de la ciudad, escribe su famosa carta al emperador. Pero Lotario, que era el destinatario, fallece al poco tiempo, y su hijo Luis, que le había sucedido, muere al año siguiente. Es el fin de los Carolingios y el acceso al trono de Hugo, el primer Capeto, que no responde hasta el 987 o, quizás, hasta el 988. En realidad, quien escribe por él es Gerbert d'Orlhac, el monje que había estado en Vic y en Ripoll y que ha sido muy hábil a la hora de trepar políticamente, tanto como para que, bajo el nombre de Silvestre II, acabe siendo el Papa del año 1000. El monarca se muestra dispuesto a recibir la fidelidad prometida, pero reclama la presencia personal de Borrell, "tan pronto sabréis que nuestro ejército estará desplegado por Aquitania". La formalidad no tendrá lugar nunca. Los interrogantes histó-ricos, naturalmente, se disparan, pero no hay que olvidar que la iniciativa epistolar había partido de aquí, después del ataque musulmán; por tanto, cuando ya se ha-bía producido la falta de colaboración franca. De otra parte, Hugo, ocupado en su país con los problemas que le creaban los sucesores de los Carolingios, nunca bajará a Aquitania. Es muy posible, pues, que el silencio de Borrell -si existió- no fuese una afirmación de independencia, sino sólo el fruto inevitable de los acontecimientos y, muy especialmente, la consecuencia del alejamiento físico del rey. En cualquier caso, el conde muere el 30 de septiembre del 992, sólo cuatro años después de su carta. Había testado el día 24 y las referencias invitan a la prudencia. Es decir, a la hora solemne de fechar su testamento, mantiene la habitual referencia al monarca franco: "Any setè, regnant Hug, duc i rei". Pero esto era sólo un hecho cultural, que no presuponía una efectiva dominación política. El poder dominante en la Península estaba entonces en Córdoba y, no sólo Borrell, sino antes Sunyer, su padre, habían hecho acatamiento a la autoridad califal. El último de Borrell, en el 974, once años antes de la razzia de Almanzor. Las sugerencias de la exposición carolingia -las que preceden y tantas otras- eran, pues, evidentes. Y, además, antes de abandonar el Palau Nacional, uno tenía aún la oportunidad de saludar en sus respectivas salas, una vez más, el pantocrátor de Sant Climent de Taüll y el "Sant Jordi dels Cabrera", de Jaume Huguet, dos piezas ciertamente excepcionales. Y, después, a la salida, restaba la magnífica vista panorámica sobre Barcelona. Dos horas bien aprovechadas, ciertamente. |
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