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El auditorio de "la Caixa"
JOSEP M. PUIG SALELLAS - La Vanguardia 12/02/1999
El auditorio de "la Caixa" es sin duda un foro importante en la
vida económica de este país. Pero difícilmente lo volverá a ser
tanto como en el pasado mes de enero. Fue marco de la asamblea
general de la entidad y, por tanto, el de los relevos. La puesta
en escena fue perfecta, impecable. Cuando el señor Vilarasau
había concluido su competente explicación de los grandes números,
vino el gran momento. El señor Samaranch anunció que iba a
comunicar una noticia importante. Pero no era aún la de su
dimisión: quien dimitía era el señor Vilarasau. Una sensación de
desamparo recorrió la sala, que no mitigó el anuncio siguiente:
los señores Fainé y Brufau serían los nuevos directores
generales. Fue entonces cuando el señor Samaranch,
imperturbable, anunció su retirada. Pero -la gente aún no había
digerido la otra dimi-sión- el anuncio no tuvo el impacto
esperable. El gran golpe de efecto vino después: se proponía al
señor Vilasarau como presidente. El estupor tardó unos segundos
en desvanecerse y la sala, envuelta en una nube de alivio,
estalló en una cerrada ovación. El espíritu del príncipe de
Lampedusa sobrevoló la asamblea: había cambiado algo para que
todo siguiera igual. El nuevo presidente propuso al señor
Samaranch para presidente honorario. El ciclo se cerraba con
broche de oro y en la mirada de la gente, complacida, se
adivinaba el comentario: "Som els millors".
Pero si esta catarata de nombramientos era importante para la vida económica del país, lo había sido también el anuncio que unos días antes había hecho en el mismo marco, en una de las reuniones del Cercle Financer, el conseller señor Mas: la propuesta catalana de pacto fiscal que habría de mitigar el drenaje de recursos que, vía relación entre impuestos pagados e inversiones del Estado, soporta este país. El alcance político era innegable, pero su capacidad de penetración era en función de la disponibilidad de las otras fuerzas políticas catalanas. Una disponibilidad que, tras la última reunión de la comisión de Economia del Parlament, parece que puede existir. Con un matiz que, al parecer, plantean socialistas y populares: si la fórmula de consenso deviene general para todo el Estado. Permítanme, entonces, que discrepe. Cataluña no es La Rioja o Cantabria. Este es un país con una larga trayectoria histórica perfectamente diferenciada, cuyos deseos de autogobierno, perdidas las instituciones el siglo anterior, arrancan al menos del siglo XIX. Cuando, en cambio, los señores de Logroño o de Santander se sentían perfectamente instalados en la división provincial que, en 1833, había diseñado el señor Javier de Burgos. Es, además, un país con un contenido cultural diferenciado también. Y, no lo olvidemos, con una economía que, a partir del 15% de la población, aporta más del 20% del PIB del Estado y que, si no quiere disminuir el ritmo de progreso de su sociedad, no puede permitirse el lujo de ser periferia de nada. O, lo que es igual, la cuestión fiscal catalana no es un ejercicio de laboratorio para solaz de profesores obsesos por la simetría. Es una cuestión de recuperación institucional cuyo resultado puede coincidir o no -es indiferente- con la fórmula que se establezca para el resto. Pero, llegados aquí, es posible que algún lector se pregunte qué tiene que ver aquella asamblea y la conferencia del señor Mas, más allá de su marco coincidente. La cosa me parece clara. Según ha dicho últimamente el señor Pujol, este país se ve obligado a suplir el poder económico que no le es permitido tener con el poder político que, desde el año 1983, obtiene en el mapa parlamentario. Por tanto, todo lo que signifique mantenimiento del nivel actual de poder económico es cosa importante y, entonces, ¿quién discute que aquí el principal punto de mira es "la Caixa"? Porque, al revés de, por ejemplo, hace diez años, hoy, cuando hay que nombrar un cargo importante en empresas punteras del Estado -Telefónica, Repsol o Fecsa, por no hablar de sociedades radicadas en Barcelona, como Gas Natural o Aguas de Barcelona-, hay que llamar al horrendo rascacielos negro de la Diagonal. Con lo que es posible que las cosas empiecen a ser más claras. Es decir, cuando la asamblea general rompió su monotonía con el aplauso unánime que he tratado de describir, simplemente exteriorizaba una íntima sensación de alivio: la primera institución de crédito del país, sin relevo en el timón, continuaría navegando en el rumbo correcto. Cosa importante para el mantenimiento de aquel relativo poder económico. A la espera de que, empezando por los impuestos a que aspira el señor Mas, se incremente el poder político.
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