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Elogio de Puig Salellas (JJ López Burniol, El Periódico
28-5-2007)
Con su desaparición se extingue una generación incomparable de
notarios catalanes
JUAN-JOSÉ López Burniol*
La tarde del 1 de marzo de 1977, Josep-Maria Puig Salellas --a
la sazón decano del Colegio Notarial de Barcelona-- nos dio posesión de
nuestras respectivas notarías a quienes las habíamos ganado en tierras
catalanas, tras unas recientes oposiciones entre notarios. Recuerdo que
el acto terminó con unas palabras del decano en las que afirmó algo que
jamás he olvidado: "Tened siempre presente --nos dijo-- que todas las
instituciones sin excepción se justifican por un doble motivo: primero,
seguir siendo útiles para la satisfacción del interés social para el que
fueron concebidas, y, segundo, ser más baratas que la alternativa". ¡Cuántas
veces, desde entonces, no habré aplicado esta máxima a todo tipo de
instituciones, desde la monarquía a la más pequeña fundación! En todo
caso, por si tenía alguna duda, aquel día fui consciente de que estaba
ante un personaje notable, cuya personalidad he visto luego definida por
una triple característica: la que le proporcionó desde siempre su origen,
la que cristalizó con su formación y gracias a su esfuerzo, y la que
renovó, día tras día, con su compromiso constante con los intereses
generales del país. Puig-Salellas falleció ayer en Barcelona a
los 83 años.
Respecto de su origen, recordemos que un día de 1322 --año en que
Jaume II desposó a Elisenda de Montcada-- un tal Salellas,
vecino de la parroquia de Sant Sadurní, en el término de Cruïlles,
otorgó codicilo en el que, tras ordenar sus píos sufragios con el
detalle propio de la gente con posibles (incluso dejó "sis diners al
pulsador dels simbals de l'esglesia"), ordenó unos legados y nombró
albacea a su hijo Jaume. El 7 de octubre de 1388, el barón de
Cruïlles i Peratallada, otorgó a Pere Salellas --hijo de Jaume--
el derecho a tomar agua del torrente que discurre cerca "del vostre
mas Salellas". Desde entonces, y a lo largo de 600 años, la familia
Salellas conoció épocas de bonanza y tiempos de dificultades.
El último de la saga fue Melitón Salellas, "un hombre alto,
delgado, bien plantado, con una espesa cabellera blanca. Era elegante,
tanto si llevaba un terno de buena tela inglesa, como si vestía de pana
para ir al mercado de La Bisbal. Políticamente conservador, afirmaba que,
para serlo, solo hace falta un requisito: tener cosas que conservar".
Tuvo dos hijas, que casaron una con un catedrático y otra con un militar,
es decir, fuera del círculo social que podría llamarse propio. La
pérdida del apellido --entonces impuesta por la ley-- marcó el final
formal de esta historia familiar, que ha sido narrada por Josep-Maria
Puig Salellas, el mayor de los nietos de Melitón Salellas, en
un riguroso estudio titulado "De remences a rendistes: els Salellas
(1322-1935)".
ES
IMPOSIBLEentender a Josep-Maria Puig Salellas sin tener clara su
pertenencia a una familia que fue una célula más de aquella estructura
social denominada "pairalista", que --al decir de Vicens Vives--
hizo de Catalunya una sociedad ordenada, con un tejido social bien
trabado, estable y jerarquizada, por una parte, y dinámica, por otra,
cuyas excelencias y límites han sido más o menos ponderados según la
perspectiva ideológica del observador. La vinculación sentimental de
Puig a Can Sallelas --su sitio por antonomasia-- es la prueba
más evidente de esta pertenencia. Sobre esta base, Puig Salellas
logró una formación esmerada. Licenciado en Derecho y Filosofía y Letras,
opositó con éxito a notarias en la época de mayor dificultad de esta
carrera, ingresando por Ponts, donde casó con Mari-Luz Aleu,
retornando --por usar sus palabras-- al "círculo social que podría
llamarse propio", es decir, al de los propietarios rurales. Poco después,
opositó entre notarios, ganando una plaza en Tarragona, que sirvió con
rigor y solvencia durante años. De ahí pasó a Barcelona, donde --a poco
de llegar-- accedió al decanato por el sistema entonces vigente de hecho
--la cooptación por el núcleo dirigente de los notarios de Barcelona--,
pasando a integrarse en la saga de grandes notarios catalanes,
caracterizados por trascender el ámbito estricto de su oficio: Faus,
Noguera, Roca-Sastre, Figa...
LO QUE
NOSlleva al tercer rasgo de la personalidad de Puig: su interés
sostenido por los intereses generales de su país. La cátedra Duran i
Bas, la Acadèmia de Jurisprudència i Legislació, la Comissió Jurídica
Asesora, el Consell Social de la Universitat de Barcelona, el Institut
d'Estudis Catalans, la Fundació Noguera, etcétera, fueron ámbitos en los
que Puig hizo efectiva su participación en la gestión de los
intereses colectivos. Le he visto trabajar en muchos de estos lugares,
siempre del mismo modo: activo, riguroso, parco en palabras, efectivo...
De ahí que cuando, a la muerte de Lluís Figa, Puig escribió que
con Figa se extinguía una generación incomparable de notarios
catalanes, pensé que se equivocaba: el final llega con su desaparición.
Puig pertenecía al grupo egregio de catalanes que hacen cosas,
muy distinto al de los que nos las cuentan, mucho más numeroso. Hubo un
tiempo en que me extrañó que no consumase su entrega a lo público, con
su participación directa en la política catalana, que reiteradamente
rehusó. Más tarde lo entendí. Si alguien tiene interés por estos temas,
puede leer su libro Catalunya: la penúltima cruïlla, del año
2003.
He admirado mucho a Puig; al admirarle, llegué a conocerle, y, al
conocerle, terminé por tenerle gran afecto. No me hubiese atrevido a
decírselo en vida; su ironía --que podía llegar a ser sarcástica-- era
demoledora. Pero hoy necesitaba hacerlo. No quiero ni pensar lo que él
diría de leerlo. Más vale.
* Notario.
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