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El Palau del Parlament
JOSEP M. PUIG SALELLAS - La Vanguardia 28/05/1999
El Palau del Parlament ha sido el marco solemne de presentación
del libro "El sistema polític de Catalunya", conjunto de
trabajos de un grupo de jóvenes profesoras y profesores
universitarios, coordinados por Miquel Caminal y Jordi Matas. En
un acto presidido por el M. H. señor Joan Reventós, presidente
de la institución, hombre cordial y uno de los personajes clave
de la transición catalana y de aquella obra maestra que, para la
concordia social, fue la creación del PSC. En definitiva, para
la integración pacífica del sector no autóctono de la izquierda
catalana, bajo la prudente guía de una elite identificada con el
país, que había leído a Marx en la universidad franquista.
El libro -sus autores enseñan en diferentes universidades catalanas- es un magnífico ejemplo de lo que es sin duda una de las grandes potencialidades que este país tiene a su disposición: la cooperación interuniversitaria. Porque no duden ustedes de que nuestro sistema de enseñanza superior, en su conjunto, está en condiciones de devenir, cuando la mejora del detestable sistema de financiación autonómica actual lo permita, el más importante del Mediterráneo y uno de los cinco o seis primeros de Europa. Y, al lado de la docencia convencional, estamos hablando de dos cosas tan decisivas para la sociedad actual como la investigación y la formación continuadas.Creo que lo pusimos de relieve tanto mi amigo Carles Solà, rector de la Universitat Autònoma de Barcelona, como yo mismo, en mi condición aún -a punto de dejar el cargo- de presidente del Consejo Social de la Universitat de Barcelona, en nuestras respectivas intervenciones. Pero, al margen del acto en sí, estaba la satisfacción del ciudadano raso que había vivido tantos años bajo la dictadura al encontrarse, intacto desde antes de la Guerra Civil, en el magnífico marco de la primera institución del país. Tuvimos un cicerone excepcional en la subsiguiente visita de las dependencias: el señor Ismael Pitarch, letrado mayor de la casa, en una exposición que, envuelta en una matizada ironía, combinaba sabiamente la categoría con la anécdota. Su fibra sensible vibraba en la contemplación de los magníficos artesonados con los que el arquitecto Pere Falqués, en la restauración del edificio, había decorado el techo de las distintas dependencias del palacio. Un edificio que, lejos ya su primera aplicación militar, la burguesía de la época quería ofrecer a María Cristina de Austria, la reina regente, en la ilusión de que una ciudadana como ella, en definitiva, una descendiente de Carles III, nacida y educada en una monarquía plurinacional, tendría una mejor disponibilidad a la hora de atender las aspiraciones políticas -aun modestas, ciertamente- de las fuerzas vivas de este país. Naturalmente, visitamos el salón de sesiones, que, en sustitución del inicial -que tenía una disposición de los bancos en paralelo, a la manera de la Cámara de los Comunes-, diseñó Santiago Marco, que entonces marcaba la pauta en el Foment de les Arts Decoratives, el FAD. Pero, más allá de la contemplación del espacio, ya conocido por otra parte, ¿quién había mantenido intacto este símbolo nada menos que de la autonomía de Cataluña, después de la entrada de las tropas franquistas en Barcelona, al final de aquella guerra? -No se sabe -me contestó el señor Pitarch. Alguien debe saberlo, sin embargo. Y es que, cuando un país vive una situación tan absurda como es una lucha civil, siempre hay, a un lado y a otro de la contienda, alguien que, pese a todo, mantiene la cabeza fría y opta al final por salvar las esencias. Y este país, que desde la disputa tenida ya en el siglo XV entre la Generalitat y Joan II, un Trastámara, tiene una amplia experiencia al respecto, está en condiciones de dar buenos puntos de referencia. Confieso que hay uno que siempre me ha resultado especialmente atractivo, y es el caso de Francesc Amatller, "botifler" ilustre, que interviene activamente después del 11 de septiembre de 1714. Primeramente, consigue aminorar la imposición lingüística. Es decir, cuando el superintendente José Patiño quiería imponer el castellano en todas las actuaciones judiciales, Amatller consigue que el decreto de Nueva Planta limite su penetración a las causas que se vean ante la Real Audiencia, no las de los tribunales inferiores. Después, naturalmente, vendrá el otro Carlos III y, en pleno gobierno de la Ilustración, la real cédula de 23 de junio de 1768 hará vano el intento y genera-lizará la imposición, que extenderá incluso a la enseñanza. Pero, si no la lengua, sí el derecho civil que, al final -y hasta nuestros días-, Amatller conse-guirá salvar, evitando la aplicación en Cataluña de un derecho tan alejado de los requerimientos de la sociedad catalana de la época como el de Castilla. Y entonces, aunque la dimensión sea ciertamente distinta y, por tanto, la pregunta desproporcionada, ¿quién fue el Amatller del salón de sesiones del Par-lament de Catalunya? Es decir, alguien, en los primeros meses de 1939 -como es sabido, las tropas del general Yagüe entran en Barcelona el 26 de enero de este año-, sigilosamente, debió disponer el cierre a cal y canto de aquellas dependencias. Y así durante casi cuarenta años. Pues bien, terminada guerra, el primer alcalde de Barcelona fue el señor Miquel Mateu, que ocupó el cargo hasta 1945, año en que pasa a ser embajador en París. Personaje significativo de la sociedad catalana, descendiente de una familia de industriales metalúrgicos, pero también coleccionista de arte y restaurador del castillo de Peralada, residencia que había sido en la edad media de la familia de los Rocabertí. Era, por tanto, un hombre cuya evidente adhesión al régimen e incluso su relación personal con el general Franco no habían de ser incompatibles con la adopción, o quizás con la tolerancia, de una determinada actitud de elegancia cultural, de respeto incluso, hacia los símbolos de un pasado demasiado reciente. Además, el palacio del parque de la Ciutadella era propiedad del Ayuntamiento de Barcelona y, por tanto, no es aventurado situar en el ámbito municipal una actitud que iba a proteger con el olvido las dependencias que no iría ocupando la expansión del Museu dÆArt Modern, que, para el público en general, acabó siendo la única referencia del edificio hasta el advenimiento de la democracia. Pero como alguien debe tener información de primera mano y yo no podría hacer otra cosa que más conjeturas, me limito a dejar constancia aquí de mi perplejidad.
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