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06/23/07

 

 

El Grup 7 y las viudas
JOSEP M. PUIG SALELLAS  - La Vanguardia 21/07/1999
 
 

 
El día 30 de junio pasado, en el palacio de Pedralbes, donación impulsada por los Güell a la monarquía en el marco de una operación inmobiliaria de altos vuelos, más exactamente, en los jardines diseñados por Rubió i Tudurí, las empresarias del Grup 7 proclamaron a Carles Sentís ciudadano emérito de Barcelona. La concurrencia fue nutrida, encabezada por el presidente de la Generalitat y el alcalde de Barcelona.
Mi vecina de mesa se sentía reconfortada con el protagonismo de las siete señoras componentes de aquella agrupación:
-Ya es hora de que las mujeres tengamos el protagonismo que nos corresponde -comentó alborozada.
-Usted perdone, pero en este país las señoras han tenido siempre un papel fundamental.
Me miró con escepticismo y entonces le conté la historia. Nuestra sociedad agraria no habría conseguido su estabilidad secular sin la determinante colaboración de la mujer. Más concretamente, pues entonces como ahora los hombres se morían antes, sin el papel desempeñado por las viudas.
-Pero yo creía que la base había sido el "hereu"...
Evidentemente, el sistema se fundamentaba, en primer término, en la estabilidad que le otorgaba la transmisión en bloque del patrimonio al heredero -o a la "pubilla"-, combinado con un cálculo más bien corto de la legítima que se pagaba a los demás hijos. Pero nada habría funcionado sin otro elemento básico: el puente intergeneracional. Es decir, a menudo, entre la muerte del padre y la entrada del hijo en el gobierno del patrimonio familiar, si el segundo era aún demasiado joven, se hubiese producido un vacío de gestión, que sólo pudo evitarse con la actuación de la viuda, que, por tanto, devenía crucial. La terminología era incluso elocuente: "senyora majora, poderosa, usufructuària".
Ciertamente, hoy está de moda el bombardeo crítico de aquella estructura familiar y, desde luego, no voy a ser yo el que no celebre el notable progreso que, en contraste con lo que sucedía entonces, representa el acceso de la mujer, de manera estable, no transitoria, a los más altos peldaños de la vida social. Lo cual no quita que uno haya de ser muy prudente a la hora de emitir juicios críticos con la vista puesta en el pasado. Éstos han de hacerse, pues, con una dialéctica que no siempre es fácil: la ubicación intelectual del observador en el marco social objeto de examen, sin transportar conceptos que hoy nos parecen una pura obviedad, a una sociedad que, naturalmente, era distinta. Porque, en otro caso, la crítica peyorativa deviene demasiado fácil y, en consecuencia, el razonamiento pierde todo interés.
En la documentación notarial hay magníficos ejemplos de aquella situación de regencia. Una regencia, por otra parte, perfectamente activa, hasta que el hijo estaba ya en condiciones de tomar las riendas de la situación, lo que solía producirse en un momento solemne: su matri-monio.
El relevo se documentaba, pues, en los capítulos matrimoniales que se otorgaban en ocasión de su boda. En ellos, al menos en el Baix Empordà, la madre -aquella viuda regente- ponía fin a su función: solía renunciar a su derecho de usufructo, en un pacto en el que en caso de discordia con el hijo -en definitiva, "nihil novum sub sole", para el caso de enfrentamiento entre la suegra acostumbrada a mandar y la nuera, que quería hacerlo-, se especificaba lo que aquél tenía obligación de facilitar a su madre.
Cuando el 16 de mayo de 1683 se casa mi antepasado Magí Salellas, de Cruïlles, la madre, Maria Trias, renuncia al usufructo sobre el patrimonio, pero mantiene expresamente su derecho a continuar viviendo en la casa, "in sanitate quam in infirmitate". En caso contrario, se pactaba un amplio derecho de alimentos, que incluía el servicio de una criada. Y, a veces, la especificación de aquellos alimentos era incluso minuciosa.
Cuando, el 1 de diciembre de 1723, se casa Joan Fàbrega, de Monells, la madre, Maria Vilar, que hasta entonces había luchado a brazo partido con los acreedores de la familia, hace igual renuncia. Se pacta, sin embargo, lo que su hijo deberá pasarle, para el caso de que Maria, para cambiar de aires, decida ir a vivir a Girona con otro hijo suyo, que era canónigo: 7 cuarteras de trigo, 6 botas de vino clarete, 1 mayal de aceite, 1 cerdo de 60 libras carniceras, un cuartán de garbanzos, otro de habas y una cuartera de nueces.
Y los casos pueden multiplicarse hasta el infinito. Naturalmente, es un sistema que ya es de otro mundo. O, dicho de otra manera, aquella economía agraria no daba más de sí. Su capacidad expansiva era prácticamente nula, porque la tierra no tiene elasticidad. Con lo que la ampliación del marco empresarial sólo era posible, en teoría, en el reducido marco de la actividad comercial y artesanal. Si añadimos a ello toda una cultura de subordinación social, de hecho, el margen para que apareciese por algún lado el protagonismo económico de la mujer era inexistente. No puede negarse, pues, que su papel fue más bien discreto. Pero esto no tiene nada que ver con la trascendencia de este papel, también en la perspectiva económica. En aquella regencia, si se me permite la exageración, la viuda también era empresaria en el primer sector económico de la época: el agrario.Y esto es solamente lo que yo quise explicar a mi interlocutora, al objeto de levantarle un poco la moral.
Por lo demás, comparto su admiración por las mujeres que ocupan puestos notorios en la sociedad actual, desde las profesoras universitarias hasta las profesionales de todos los sectores, pasando, naturalmente, por las empresarias y, como símbolo de éstas, las dinámicas señoras del Grup 7. Una denominación que, como constató Carles Sentís en su discurso de gratitud, han "copiado" los siete países más ricos de la tierra cuando se reúnen para hablar de negocios. Desde luego, ni Maria Trias ni Maria Vilar habrían sido miembros de Grup 7. Pero no dudo que las integrantes de éste saben apreciar el papel de aquellas abnegadas viudas, que, aún jóvenes -Maria Vilar tomó las riendas de un patrimonio con una complicada situación financiera seguramente a los 31 años-, tuvieron que hacer frente a una misión para la que estaban escasamente preparadas. Y lo hicieron bien.
No sé si mi interlocutora salió de Pedralbes medianamente convencida. Pero yo tengo la convicción de que nuestra sociedad está en deuda con aquellas ciudadanas discretas que con una gran dignidad se hicieron cargo del papel, a veces duro, que se les había asignado en el escenario que les había tocado pisar. A través de los papeles, yo he tenido ocasión de conocerlas, casi de tratarlas y, con el beneplácito del Grup 7, -que sé que tengo, sin necesidad de acudir a la influencia de mi amiga Adriana Casademont, una de sus integrantes, que también es de Girona-, quiero al menos dejar constancia de su existencia.
 

 

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