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Memoria, aún, de Pere Duran
JOSEP M. PUIG SALELLAS - La Vanguardia 17/11/1999
El galardón concedido a Pere Duran por la Cámara de Comercio a
través de la Fundació Barcelona Promoció -entidad que, si no me
equivoco, se creó con ocasión de los Juegos Olímpicos de 1992-,
y que han recogido su viuda y su hijo mayor, ha renovado en
algunos de nosotros el recuerdo de aquel ciudadano singular.
Le conocí por medio de Raimon Noguera, que era entonces el notario del grupo de Catalana de Gas, que Duran presidía. Los dos personajes se tenían recíprocamente una alta consideración, me imagino que en buena medida porque uno y otro eran conscientes de que, desde distintos ángulos, en definitiva, en sus respectivos ámbitos de actuación -no hay que olvidar la decisiva intervención de Noguera, por ejemplo, en la creación del Museu Picasso y de la Fundació Miró-, habían sabido servir al país en la época difícil, cuando éste, oficialmente, no existía. Naturalmente, Duran tuvo una proyección social más notoria, entre otras razones porque en este país los notarios siempre han de saber mantenerse en un discreto segundo plano. Por razones obvias, sin embargo, no voy a repetir aquí todo lo que con ocasión de su rápida muerte, antes del verano, dijeron de Pere Duran personas que sin duda son mucho más competentes que yo al respecto. Desde su descubrimiento -pues ésta es la palabra- del gas natural, que fue un revulsivo para un país encerrado en sí mismo a causa de una dictadura que le mantenía al margen de casi todo, hasta la creación de aquel grupo de empresas que, después, a través de la implicación de "la Caixa", ha permitido que Cataluña recuperara un peso importante en el sector energético, reforzado incluso después con la presencia determinante de la entidad financiera en el accionariado de Repsol.Pasando por su tan comentado amor por los desiertos, que compartía con su infatigable esposa, o por su afición a las excavaciones, que le brindó el reencuentro fascinante, nada menos que con la Dama de Baza, cosa que sólo está permitida a los elegidos. O por el entusiasmo con que explicaba a sus invitados los secretos del inquietante jardín de cactus y de bonsáis de su casa de Premià de Dalt. Pero, para mí, al margen de los contactos profesionales que pude haber tenido con él en aquel sobrio despacho del edificio del Banco Vitalicio, sobre la Gran Via, donde solía firmar las escrituras de las empresas que dirigía, al margen incluso de algunas experiencias complementarias -recuerdo una animada entrevista junto a Miquel Casals Colldecarrera, en un restaurante barcelonés, en la que nos planteó su eventual entrada en la política activa, allá por las segundas elecciones de la democracia-, mi memoria de Pere Duran vendrá ya ligada de manera indisoluble a la vivencia, junto a él y a Anton Cañellas, de un proceso excepcional: la puesta en marcha, a partir de 1984, de los consejos sociales de las universidades catalanas, que entonces eran sólo tres. Fue una tarea de interés general en la que la aportación de Duran, siempre a mitad de camino entre la utopía casi desatada y la realidad más tangible, fue de primer orden. De hecho, su entusiasmo, estimulado si cabe por el contacto con un mundo que, por la riqueza de sus contenidos y por la calidad de las personas, resulta tan atractivo como el universitario, venía filtrado debidamente después por la mesura y la decantación que imponía con su estilo suave, cordial -en definitiva, democris-tiano-, Anton Cañellas, y yo hacía de secre-tario. Cierto es que la actitud abierta de los rectores de turno -Bricall en la Universitat de Barcelona, Pascual y, después, Vallès en la Autònoma, Ferrater en la Politècnica- facilitó altamente nuestra labor. En definitiva, se trataba de enmarcar, desde un órgano con mayoría de miembros no universitarios, la autonomía establecida en el artículo 27 de la Constitución. Por lo tanto, todo tenía que hacerse con delicadeza, sin herir las susceptibilidades propias de un ámbito, la universidad, en el que, como dijo alguien, el que menos sabe es doctor. En cualquier caso, fue para los tres una experiencia ciertamente notable y por eso, en mi perspectiva, la desaparición física de Pere Duran fue la constatación de que se había cerrado ineluctablemente todo ese ciclo vital. Porque el cierre era irreversible, pues era evidente que, en aquel acto religioso y ciudadano, tan concurrido, que, entre pinos y en una tarde magnífica de sol, tenía lugar en el marco apacible de Collserola, le estábamos despidiendo por última vez. Duran ha sido sin duda, en diversos sentidos, uno de los protagonistas de la historia de Cataluña de estos últimos cuarenta años. Evidentemente, como empresario, pero desde mi punto de vista, por encima de todo, como ciudadano amante de su país, siempre abierto a cualquier iniciativa cultural o solidaria. Amante de las paradojas, se declaraba anarquista dentro de un orden, pero su mundo era el diálogo. Solía hablar con un tono pausado, suave, algo opaco, siempre detrás de una media sonrisa, pero levantando sus razonamientos sobre la base de una convicción profunda. Todo en un tono de gran deferencia, lo que al final producía en el interlocutor la sensación de que el importante era precisamente él, el interlocutor. La resultante final, naturalmente, era una ilimitada capacidad de convocatoria y, por tanto, su ámbito de relación fue también grande. No es extraño entonces que Pere Duran fuera capaz de reunir en torno a una misma mesa -en general, la suya de Premià- a los personajes más distantes, por ejemplo, desde un punto de vista político. Por eso aquella despedida fue un acto amplio, concurrido. El cenit, al menos para mí, estuvo en las palabras tan sentidas que, hacia el final del oficio religioso -lo recuerdo perfectamente-, le dedicaron sus hijos y sus nietos. Como tributo de su afición al desierto, los primeros leyeron a la concurrencia un poema tuareg. Según él, Dios concedió el agua a los hombres para que pudiesen vivir mejor, pero les dio el desierto para una dedicación trascendente: para que pudiesen encontrarse con su alma. La lectura de los nietos fue de tono más directo, si ésta es la palabra. Pero recuerdo cómo la voz de la grácil joven, rubia y vestida de blanco, se quebró en las palabras finales. Consiguió sobreponerse y completó con entereza, dignamente, su misión delegada. Un aire de emoción contenida, sin embargo, había recorrido la asamblea. Fue un instante fugaz, casi imperceptible. Pero aquellos segundos de interrupción emocionada fueron el toque humano, ingenuo, que nos dio a todos la verdadera dimensión, el sentido irreversible de la despedida. |
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